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Carlos Sánchez Almeida Fue miembro de FrEE
(Fronteras Electrónicas), organización pionera dedicada a la defensa de
los derechos civiles en Internet, desde marzo de 1999 hasta su
disolución en el otoño del año 2000.
Colaborador de
Kriptópolis, comunidad virtual orientada a la Seguridad en Internet,
Criptografía y Ciberderechos, y portavoz de la misma en las Campañas por
la Intimidad de las Comunicaciones Electrónicas, Código Abierto y
Libertad de Expresión en Internet
Esta considerado como uno de los mayores expertos en
España en todo lo relacionado con el derecho aplicado a las nuevas
Tecnologías, Propiedad intelectual y derechos de autor
Dirige el
Bufet
Almeida con oficinas en
Barcelona y Madrid
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Por Carlos Sánchez Almeida
"Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la parte llamada el Reino
Mágico, caminando por Main Street USA. Esta es la perfecta pequeña ciudad
victoriana y cuca que lleva al castillo Disney. Había mucha gente; nos abríamos
camino más que caminábamos. Justo delante mío había un hombre con una
videocámara. Era una de esas nuevas videocámaras en las que, en vez de mirar por
un visor, contemplas una pantalla plana en color del tamaño de un naipe, que
televisa en directo lo que quiera que la cámara esté grabando. Sostenía el
aparato cerca de la cara, de tal modo que le tapaba la vista. En vez de ir a ver
una pequeña ciudad de verdad gratis, había pagado dinero por ver una falsa, y en
vez de verla a simple vista estaba contemplándola por televisión."
La cita pertenece a "En el principio fue la línea de comandos", de Neal
Stephenson, y ejemplifica a la perfección el proceso mediante el cual estamos
ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño. El ciudadano occidental
necesita una interfaz que le permita la comunicación con una realidad que le da
vértigo conocer. En el ámbito de la informática, son mayoría los usuarios que no
quieren conocer el verdadero funcionamiento de la máquina: su única aspiración
es una pantalla simple, sin complicaciones. La complejidad les da miedo.
El sistema político-económico también necesita de una interfaz. Es necesario
para su estabilidad que los consumidores no conozcan los resortes internos del
sistema de poder. A un usuario simple le basta con tocar de vez en cuando
algunos botones, el sistema se encarga del resto. Una vez cada varios años, el
usuario debe limitarse a depositar su voto: la máquinaria estatal se encargará
de controlar todo lo demás. Sería peligroso que los consumidores supiesen más:
querrían convertirse en ciudadanos.
Los representantes políticos y los medios de comunicación desarrollan en nuestro
sistema social las mismas funciones que, en los sistemas operativos de nuestros
ordenadores, son desempeñadas por la interfaz de usuario. La continuidad de la
maquinaria productiva exige que no sepamos más de lo que ellos nos muestran. Y
la mayor parte de nuestros conciudadanos no quiere saber más: bastante
complicada es ya la vida. Que el Mercado decida por ellos.
Vivimos en una falsa ilusión de democracia. Los derechos fundamentales, la
esencia misma de un sistema social libre, son una pura entelequia. Están
enterrados bajo toneladas de burocracia estatal: eso es algo que sabe cualquier
inocente que haya intentado ejercer sus derechos. En la práctica, en nuestra
vida cotidiana, es el sistema económico el que impone las reglas. Y ese sistema
económico necesita que no conozcamos el funcionamiento de la máquina: podríamos
intentar cambiarla.
En la pasada guerra de Irak, vivimos el curioso fenómeno de los periodistas
"empotrados" en unidades militares. Tres círculos concéntricos de engaños:
unidades militares que obedecen órdenes, los periodistas que sólo ven lo que el
militar les enseña, y el espectador que sólo ve lo que quiere enseñarles el
medio. Y a pesar de tanta mentira, la verdad se filtró.
El próximo sábado presenciaremos un nuevo ejercicio de hipnosis colectiva: las
calles de Madrid se convertirán en un inmenso plató de televisión, para asistir
en directo a una ceremonia en la que, nuevamente, se "empotrarán" periodistas y
militares. El mensaje del medio no puede ser más claro: no todos somos iguales,
pero todos podemos ascender socialmente. De nuevo la interfaz del sistema nos
dejará escoger, en una falsa ilusión de libertad: podremos elegir entre apagar o
no la televisión.
Decía Neal Stephenson -traducido en España por Sindominio- que para liberarnos
de la interfaz del sistema hemos de recurrir a la línea de comandos. Sólo la
línea de comandos nos permite hurgar en las tripas de la máquina y hacernos
dueños de nuestro propio destino. El próximo sábado hay que introducir una
palabra clave en esa línea de comandos.
La sola mención de esa palabra es revolucionaria. Por sí misma pone en cuestión,
como un castillo de naipes, toda la falsa estructura del sistema. El sistema
operativo, cuyo nombre comercial es Constitución, ha resultado altamente
defectuoso. Para resetearlo, basta introducir una palabra en la línea de
comandos.
La palabra es Igualdad.
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